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La Aparición de San Cayetano en Convención. 

Por: Fernando Javier Jaramillo Forero. 

Miembro del Cnp-colombia 

Miembro del Centro de Historia de Convención. 

En el municipio de Convención desde el año de 1964 se celebra el 7 de agosto como la aparición de  Nuestra Señora en la Advocación de María, Virgen de la Piedrita, esa  misma fecha festeja el día de San Cayetano. La devoción a San Cayetano viene desde su aparición en una tablilla donde fabricaban tabaco, y un día notaron que perfectamente era la imagen de un santo que correspondía a la de San Cayetano. Recopilemos como escritores de Convención han hablado de este suceso.

En el libro “Convención de otros días” del escritor don Pedro Julio Vila Clavijo narra este suceso.

En un modesto rincón de la jurisdicción de Convención existe un caserío llamado Romeritos. Una precaria capilla es el refugio espiritual de sus moradores. Idolatran la imagen de un Santo aparecido o perfilado en una tabla. 

La faz de San Cayetano ha cobrado visible relieve a través del tiempo, hasta llegar a ser su figura, algo concreto. Dicen que hace muchos milagros y es factible que así sea, puesto que el lugar es muy concurrido y sobre su altarcito muchos objetos denuncian los milagros realizados. En todo caso, la fe ha encendido de fervor místico a los vecinos y habitantes de esos contornos. La historia en labios de éstos es la de que en una vez, ya hace muchos años, Luis García, hombre acaudalado, en momentos de obnubilación alcohólica, jinete en brioso alazán, entró a la Capillita y embistió como en sus locuras de caballero andante lo hacía don Quijote y, con el filo de una machetilla hirió el rostro del venerado santo. La indignación, como las olas de un mar embravecido, crecieron, ante el ultraje a la virtud de la religión, como los teólogos clasifican el sacrilegio. La Curia, con el Santísimo y en procesión caudalosa recorrió las calles principales, pidiendo el castigo divino para la afrenta inferida. La turba gritaba enfurecida: que sus bienes se esfumen, que la pobreza le muerda los talones a la miseria, en fin, el clamor vociferante tenia tatuajes de anatena: la maldición se cumplió. Murió pobre en la ciudad de Cúcuta. En la tarde gris de su vida le tendí mi mano protectora.

La cirugía plástica del tiempo no borró la cicatriz. Los días y los años aumentaron la protuberancia de la herida y como un ritual de ignominia estigmatiza el sacrilegio perpetuado.

La huella de las herraduras del brioso alazán quedaron estereotipadas en el rústico piso de la Capillita. Ellas, también, dejaron el tatuaje de sus calzas de hierro como un grito dolorido en la noche del pecado.

Asi mismo el Doctor Hipolito Latorre Gamboa, en el libro perfil de un pueblo dice lo siguiente:

Dice la leyenda, que en la mencionada fracción vivía una señora a quien agradaban las calillas; ella preparaba el tabaco sobre una tabla, cuyo aspecto no era muy agradable. Esta era una labor cotidiana, por lo cual la tabla se iba haciendo más lisa y clara en la parte sometida al frotamiento. Un dia mientras realizaba su trabajo, notó que en la parte donde colocaba la hoja se hallaba una imagen que resultó ser la Cayetano. Muy sorprendida y emocionada propagó la noticia. Pronto los vecinos acudieron a observar el fenómeno y rendir homenaje de veneración al santo. Lo convirtieron en su patrón y le hicieron capilla e iniciaron las romerías.

Cuando ya se tenía confianza en su poder para obrar uno de los vecinos le imploró un curioso favor: estaba enamorado de una joven campesina, a quien la naturaleza había dotado de muchos encantos físicos; le pidió a San Cayetano que le consiguiera el amor de esa doncella, y que le concediera el favor de que ella le aceptara todas sus propuestas. Pero el santo no lo escuchó. Enojado el caballero con su patrón calentó el cuerpo con unos aguardientes; montó en briosa mula y se dirigió a la capilla; sin bajarse de la cabalgadura; como de hombre a hombre, se enfrentó al santo. Le reclamo por no haber atendido su solicitud; desenfundó la machetilla y le hirió en el rostro, en el pecho y en una mano. Luego se retiró, con la sensación de tranquilidad que deja el desahogo del sentimiento de ira. Pero el santo lo castigó por esa actitud, en extremo irreverente; su familia se dispersó; perdió todos sus bienes de fortuna, fue despreciado por todas las mujeres y finalmente murió en gran abandono.

En el piso de la capilla quedaron marcadas las herradura mula y las heridas que recibió la imagen cicatrizaron. Sólo la de la mano quedó semi-abierta, quizá para recordar a los vecinos de la fracción el nefasto atentado.

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